Umbral no es una revista que se lea de un tirón. Publica tres ediciones al año y cada número mezcla ensayo largo con crónica y un cuadernillo de imágenes. El comité editorial llegó con un problema concreto: cada entrega se armaba desde cero y el resultado cambiaba demasiado de un número a otro. Querían una retícula que aguantara textos de diez o doce páginas sin que el lector se pierda, y portadas que se reconocieran en quiosco y también en pantalla.
La reunión inicial sirvió para ordenar el tono: nada de titulares gritones ni de bloques de color saturados. La revista se sostiene en el texto, así que la dirección de arte tenía que acompañar, no competir.
Se presentaron dos propuestas de dirección visual. La primera trabajaba titulares condensados en caja alta con bandas de color planas; funcionaba bien en redes pero se sentía ajena al ensayo. La segunda partía de serifas altas, retícula visible y mucho aire entre columnas. El comité eligió la segunda y desde ahí se afinó todo lo demás.
Las portadas no se diseñaron como piezas sueltas sino como una serie. Cada número parte de una fotografía de taller o de calle, tratada en tinta negra sobre fondo hueso, con el titular montado sobre la retícula y no encima de la imagen. El nombre de la revista se mantiene fijo en el tercio superior, con un cuerpo ligeramente menor al del titular del número para que el tema mande.
Ese tratamiento obligó a un trabajo fino de contraste: la foto debía conservar detalle en las zonas oscuras sin robarle peso al texto. Se probaron varias impresiones sobre papel hueso antes de fijar el negro, porque en pantalla el mismo archivo se veía más denso de lo que luego salía en prensa.
El encargo no terminó en las portadas. Se armó el interior de los tres números, se corrigieron estilos de títulos, notas al pie y folios, y se dejó una plantilla con variantes por número para que el equipo pudiera reutilizarla. La entrega incluyó archivos abiertos y una guía breve de uso tipográfico con medidas, cuerpos y márgenes mínimos.
La imprenta recibió los archivos ya cerrados, con las tintas separadas y las imágenes en la resolución pedida. Eso evitó las idas y vueltas habituales de última hora.
El resultado es una revista que se reconoce número a número sin repetirse. La retícula sostiene textos largos, la tipografía ordena la lectura y la portada cambia de tema sin perder el aire de la casa. Si tienes una publicación periódica o un catálogo con el mismo problema, cuéntanos qué tipo de pieza necesitas y te respondemos con una propuesta concreta.
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