La Casona es una tostadora pequeña de Barranco que vende en ferias de barrio y por suscripción mensual. Cuando llegaron al estudio traían un logotipo dibujado a mano por uno de los socios y ninguna regla escrita sobre cómo usarlo. El problema no era el dibujo: era que cada bolsa, cada etiqueta y cada ficha de cata se armaba distinto según quién estuviera en el taller esa semana.
Antes de proponer cualquier trazo, hicimos una reunión para entender el rubro. Nos explicaron que trabajan con granos de altura, que tuestan por lotes pequeños y que la mayor parte de su venta pasa por ferias donde el cliente mira la bolsa dos segundos antes de decidir. También venden por suscripción, así que la etiqueta tiene que aguantar el envío y seguir leyéndose cuando llega a la casa.
El logotipo original tenía un trazo suelto que se perdía al reducirse. No había versión compacta, no había paleta definida y las etiquetas se imprimían a una tinta sin criterio de jerarquía. La información de variedad, altitud y método de beneficio aparecía en tamaños distintos según el lote.
Presentamos dos direcciones visuales. La primera partía de trazos de mapa y referencias orgánicas, con formas irregulares que evocaban el recorrido del grano desde la finca. La segunda era geométrica: módulos de retícula, un sello construido sobre una cuadrícula visible y una tipografía serif de caja alta para el nombre.
La Casona eligió la ruta geométrica. Les pareció que aguantaba mejor la impresión a una tinta y que se sostenía igual de bien en una bolsa de 250 g que en una de 1 kg. A partir de ahí trabajamos solo sobre esa dirección, sin abrir frentes nuevos.
Mantener el aire artesanal sin perder legibilidad fue lo más difícil. El papel kraft absorbe la tinta y las letras delgadas se cierran. Probamos varias combinaciones de cuerpo y contraste hasta encontrar un equilibrio: la serif del nombre se mantiene con peso suficiente, y la sans condensada de las fichas sube de tamaño para compensar la textura del papel.
El segundo punto fue la impresión a una tinta. Muchas ferias y talleres pequeños imprimen así, y una identidad que solo funciona en cuatricromía queda inservible. Cada pieza se probó primero en una tinta negra sobre kraft antes de aprobar la versión a color.
Las piezas se fotografiaron en el taller con luz natural, sobre la misma mesa de trabajo donde se arman las bolsas. Las etiquetas y los sacos de café tostado que aparecen en las fotos son los que salieron del primer lote impreso.
Si quieres ver cómo se resolvió un encargo editorial con retícula de doce columnas, revisa el caso de Portadas para Revista Umbral. Y si tu proyecto es de identidad, empaque o catálogo, escríbenos desde contacto contando qué tipo de pieza necesitas.