Los primeros encargos
Los inicios fueron con editoriales independientes y festivales de barrio. Portadas de tiraje corto, programas de mano doblados a mano y afiches que se pegaban la misma noche del montaje. Ahí quedó claro que un logotipo bonito no sirve si el impresor de la esquina no puede reproducirlo a una tinta.
El naranja quemado entra al sistema
Después de varias pruebas sobre fondo hueso, el naranja quemado se volvió el acento del estudio. No fue una decisión de moda: funcionaba sobre papel kraft, resistía la impresión a dos tintas y daba contraste sin tapar las muestras tipográficas que siempre están sobre la mesa.
Retículas que aguantan textos largos
Con la revista Umbral aprendimos a construir cajas tipográficas de doce columnas que sostienen ensayos extensos sin perder aire. De ese trabajo salió una regla interna: la jerarquía se resuelve con cuerpo, interlínea y espacio, no con adornos.
Productores de café y cerámica
Los encargos con tostadores pequeños y talleres de cerámica cambiaron la forma de trabajar. Ahí la identidad tiene que vivir en etiquetas, sellos, fichas técnicas y empaques que se arman a mano. El manual de uso dejó de ser un documento formal y se volvió una guía práctica de medidas mínimas y tintas.
Un proceso que se quedó corto a propósito
Con los años el flujo se afinó: reunión inicial para entender el rubro, dos propuestas de dirección visual, ajustes sobre una sola ruta elegida y entrega de archivos abiertos con manual básico. Mantenerlo breve no es una limitación, es una decisión de taller para no diluir el criterio en rondas infinitas.